Acrílico sobre lienzo
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JM Robert descubre la pintura desde muy temprana edad, fascinado por los efectos de pátina, desgaste y deterioro que observa en las fachadas urbanas. Formado en Artes y Oficios en diseño gráfico y decoración, domina especialmente las exigentes técnicas del trampantojo, antes de desarrollar una investigación personal inspirada en el arte urbano y los pintores de finales del siglo XX. Poco a poco, va consolidando un estilo singular, inmediatamente reconocible.
Su lenguaje visual, incisivo y contundente, gira en torno a rostros realizados con plantillas, que surgen sobre fondos abstractos que evocan las paredes deterioradas de las ciudades. Estas superficies, ricas en texturas y irregularidades, se convierten en el escenario de una tensión entre la degradación y la aparición.
Inspirado en la energía bruta del graffiti, JM Robert se inscribe en una estética de impacto inmediato. Al igual que en las paredes de nuestras ciudades, sus obras captan la mirada en una fracción de segundo. El contraste es sorprendente: la fuerza del trazo negro, casi crudo, dialoga con una paleta viva y eléctrica, intensificando la presencia fugaz de rostros anónimos.
Pero más allá de la estética, lo que impregna su obra es una verdadera reflexión sobre la huella y la memoria. El artista confiesa sentir una profunda fascinación por las superficies deterioradas, las ruinas y las huellas del paso del tiempo, que considera su principal fuente de inspiración.
Su práctica pictórica se desarrolla en dos fases. En primer lugar, elabora fondos complejos, trabajados a partir de materiales, enlucidos y técnicas de raspado o rascado, con el fin de recrear el aspecto de una pared antigua. Las capas de color se acumulan, se infiltran, se fragmentan, dejando al descubierto huellas aleatorias, imprevisibles, casi orgánicas. La pintura se convierte entonces en materia viva, marcada por la disociación y la transformación.
En un segundo momento, surge un rostro —o, mejor dicho, afloran sus rasgos—. Esbozado, frágil, casi borrado antes incluso de haberse formado del todo, se impone como un rastro efímero, el de una presencia anónima y universal. Siempre femenina, esta figura evoca una memoria sensible, a la manera de las siluetas congeladas por la historia, entre la aparición y la desaparición.
JM Robert explora así una estética de la ruina, en la que el dibujo y el color parecen no llegar nunca a fusionarse por completo. De esa tensión surge la obra: un equilibrio inestable, una dislocación controlada que se hace eco de las fracturas y las incertidumbres de nuestra época.
